Retratos

Matías y Daniela

“Frente a la inmensidad del Osorno, lo entendí: no hace falta ser inmenso para ser eterno. Solo hace falta estar.”

Cuando tienes un fondo como el lago y el volcán, la inercia te dice que dispares de lejos, que captures la inmensidad del entorno. Llegamos con esa idea: aprovechar el paisaje, el agua, la tarde cayendo. Era imponente, sí. Pero frente a semejante inmensidad, me di cuenta de que el verdadero foco no estaba en la montaña.

El universo entre el 0 y el 1

Dicen que existen infinitos más grandes que otros. Que en espacios diminutos hay dimensiones enteras que nadie puede medir. Mientras acomodaba la cámara, mi ojo se fue a los detalles: a la forma en que Daniela apoyaba la cabeza en Matías, al viento jugando con su pelo y, sobre todo, a sus manos. Manos que se buscaban y se encontraban con naturalidad, en absoluto silencio.

Lo que ocurría entre ellos era de otra escala. En la distancia mínima que separaba sus frentes, habitaba algo mucho más profundo que el escenario que los rodeaba. A espaldas del volcán, no necesitaban mirar el horizonte para encontrar paz. Ellos ya traían su propia eternidad.

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